En tu ausencia…
vivo desnudo de vivencias
y peregrino hacia un cuerpo
que sólo provoca en mí
un orgasmo de náuseas.
(Cenizas desnudas)
CONCLUSIÓN
Las historias de mi tétrico pasado
se apresuran ruidosas
en mis borracheras de risas efímeras.
(Cenizas desnudas)
CHARLA
Una charla cualquiera
es el andamio
de un vértigo indescriptible.
Mi presente
se muestra absolutamente desnudo
y a mi memoria sólo acuden
deshabitadas habitaciones de hotel.
(Cenizas desnudas)
ACTOR
A veces pienso
que vivo
como si caminara
sobre un escenario invisible.
Cada día
diseño un gesto,
una voz,
una manera de mirar al mundo,
y salgo
a representar un papel.
No siempre es una mentira;
muchas veces
es simplemente
la forma en la que aprendo
a convivir con los demás.
En el trabajo
interpreto seguridad;
en la familia, ternura;
y ante los desconocidos,
prudencia.
Pero detrás de cada máscara
hay algo verdadero
que respira en mí.
Fingir, en ocasiones,
no es engañar:
es proteger
lo que aún no sé
cómo mostrar.
Soy un actor, sí,
pero también soy el autor
del guion
que voy escribiendo
con cada decisión,
con cada vivencia.
Tal vez mi sinceridad
no consista
en no actuar nunca,
sino en no olvidar
quién soy
cuando baja el telón.
Y quizá mi vida
sea precisamente eso:
una obra imperfecta
donde, entre papel y papel,
busco el instante
en el que por fin
dejo de representar
y simplemente soy.
(Cenizas desnudas)
VERBOS
Porfío por un ya imposible.
Huelo gratuitamente
el olor a jazmín de tu lejana piel.
Hablo contigo en silencio
en el regazo de una luz otoñal.
Pervierto los sueños
que se centran en tus pechos
y desnudo mi cuerpo
en espera de un sexo
que me dé un soplo de paz.
(Cenizas desnudas)
MEMORIA
La memoria,
hija bastarda de la verdad,
rara vez me visita
cuando la clarividencia
se apodera de mí.
Aparece como un rastro,
como algo que permanece
cuando el tiempo
ya ha pasado lentamente
sobre las vivencias
y ha dejado
su indeleble huella.
Es malvada
porque no siempre guarda
lo que debería,
guarda lo que ella quiere.
A veces protege
aquello que creíamos perdido
y, en cambio,
deja escapar
como pájaros
que no quieren jaula
lo que pensábamos
que permanecería siempre.
Estos poemas nacen
del territorio incierto
de una biblioteca
que pierde volúmenes cada noche.
No intentan reconstruir
una historia
ni explicar el pasado
porque ese mapa
ya no tiene caminos.
Son fragmentos.
Instantes que quedaron
suspendidos
en la piel de lo vivido.
Momentos que no terminaron
de extinguirse
y que regresan, de pronto,
con la forma difusa
de una mirada,
de una voz cercana,
de una cálida mano,
de un gesto
que vuelve sin pedir permiso.
Quizá la memoria
sea justamente eso:
un lugar donde
lo que alguna vez ardió
continúa dejando señales
como las hojas en otoño.
No fuego ya…
sino una tibieza persistente,
como la ceniza
que todavía guarda calor
cuando uno se acerca
lo suficiente.
Los textos que siguen
no pretenden descifrar
esas huellas
ni darles un sentido definitivo.
Solo se acercan a ellas
con cuidado,
casi como quien roza
algo frágil
con los dedos,
sabiendo que toda memoria
es incompleta
y que, incluso en sus silencios,
permanece algo vivo
que todavía quiere ser escuchado.
(Cenizas desnudas)
PRÓLOGO DE ‘CENIZAS DESNUDAS’
Este libro nace de un cuerpo que aprendió a quedarse solo incluso cuando no lo estaba. Durante mucho tiempo creí que la soledad era una habitación vacía, una mesa con una sola silla, un teléfono que no suena. Pero con los años descubrí que la verdadera soledad tiene otra forma: la de un cuerpo acostado junto a otro cuerpo sin llegar a tocarlo del todo. Dos respiraciones en la misma noche que, sin embargo, no se encuentran.
Hay una soledad que ocurre dentro del amor. No aparece de golpe. No llega con ruido ni con portazos. Se instala lentamente, como el polvo sobre los muebles que dejamos de mirar. Un día descubres que el abrazo ya no es refugio sino costumbre, que las palabras se dicen por inercia, que la piel recuerda más de lo que el corazón es capaz de sostener. Entonces comienza otra forma de silencio.
El cuerpo lo sabe antes que la memoria. Lo sabe en la manera en que los dedos se quedan quietos, en la espalda que deja de inclinarse hacia el otro, en la distancia mínima que aparece en la cama y que, sin embargo, parece un océano. Este libro habla de esa distancia.
De los restos de lo que fuimos cuando todavía pronunciábamos la palabra nosotros con la confianza de quien cree que el amor es una casa firme. Pero el tiempo —ese huésped paciente— termina por mostrarnos que incluso las casas más queridas empiezan a agrietarse.
Quedan entonces pequeñas ruinas: una fotografía olvidada, una risa que ya no sabemos repetir, una taza que nadie vuelve a usar, una palabra que todavía duele cuando aparece en mitad de la noche. Y queda el cuerpo.
El cuerpo es el lugar donde el amor se escribe y también donde se borra. En él se guardan las caricias que ya no regresan, las noches que se repiten en la memoria como un rumor lejano, las despedidas que nunca terminamos de decir. Un cuerpo solitario es un archivo silencioso.
Camino por las calles como si nada hubiera pasado, me siento en los mismos lugares de siempre, respiro el mismo aire de la ciudad. Pero dentro de mí hay un paisaje distinto: un territorio donde el amor todavía arde en forma de ceniza. Tal vez por eso escribo.
Para recoger esas cenizas con cuidado y mirar qué queda de ellas. Para entender si en los restos de lo que fuimos aún existe alguna forma de calor. Para escuchar lo que el silencio intenta decir cuando ya no quedan explicaciones posibles.
Los textos que siguen no son historias completas. Son fragmentos. Pedazos de memoria, de piel, de voz. Momentos en los que el amor se queda solo dentro de sí mismo y aprende a reconocerse en su propia sombra.
No buscan explicar el amor ni juzgarlo. Solo quedarse un momento más en ese lugar donde todavía respira.
Porque a veces amar es exactamente eso: quedarse a vivir entre los restos del nosotros y aprender a nombrar, con una ternura nueva y casi desconocida, la extraña soledad de seguir estando aquí. (Cenizas desnudas)
